Ni las discotecas o bares musicales de toda la vida, ni los chats, son ya el mejor hábitat para el coqueteo, el flechazo o el pre-apareamiento.


Las páginas de contactos han sido en los últimos quince años la respuesta más cómoda e inmediata para todos aquellos con una vida vertiginosa y carente de tiempo libre para el cultivo esmerado de las relaciones sociales pero, no hay que obviar, que en buena parte nacen también de una falta de imaginación alarmante y una pereza del todo censurable.

Cualquiera que se haya interesado por el primer encuentro de padres o abuelos podrá devenir en que el amor y el tonteo ya existían mucho antes de Internet.

Reuniones, tapeo y cuentacuentos

En las pequeñas y grandes capitales de provincia proliferan cada vez más las super ofertas de ocio, belleza y gastronomía. Si al corazón se llega por el estómago no quiere decir que solo Ferrán Adriá tenga posibilidades de topar con un buen partido. Acudir a devorar un menú de degustación, por un cuarto de su precio habitual, en un restaurante o coctelería de moda, acompañados de uno o como máximo dos -hay que evitar que la "tarta" se tenga que dividir en demasiadas porciones- amigos solteros, se puede convertir en el plan ideal para transformar a un desconocido en la persona más especial de la temporada. El intercambio de impresiones sobre la comida exótica o de las condiciones de los chollos de Letsbonus oEl Grupazo son el pistoletazo de salida a una conversación de flirteo en toda regla; encaramados en la barra y con la música sonando como fondo y no como filtro de las voces de los interlocutores.


Para los más místicos y sensibles, romper el hielo con alguien ignoto ha de verse envuelto de un clima algo más onírico y un carácter más cerebral. Los cojines en el suelo, una copa de champán acompañada de fresas y un poco de incienso flotando en el aire son los elementos comunes a cualquier sala de reunión de cuentacuentos. Quizás el aroma de la gomorresina sea afrodisíaco, pues tras escuchar una muestra de relatos de Las mil y una noches, es más que probable que se haya conseguido inconscientemente un grado de intimidad, sosiego y empatía con cualquier extraño que se halle sentado al lado sin tener que haberse traído el discurso aprendido de casa.



Clases de baile y deportes de aventura

La salsa es un ejercicio muy recomendable para elevar el autoestima y dicen que quien sabe bailar bien un tango, es muy capaz de transportar a cualquier a Buenos Aires a fuerza de sacudidas pélvicas perfectamente coreografiadas. Apuntarse individualmente a una academia de danza para amateurs es para valientes; ganarse la simpatía de alguien nuevo a fuerza de roces de cadera y alguno que otro pisotón de torpe principiante, es ya propio de cazadores en ciernes.

Probablemente, este tipo de actividades extraordinarias sean la clase de pendencias a apuntar en una lista de "Cosas que hacer antes de cumplir X" -cualquier edad redonda que nos aceche a cada uno en cada caso y etapa-, de modo que tras haber tropezado con un amante futurible en una pista de parquet, hay pocas cosas más refrescantes que enrolarse en un curso de paracaidismo.


La súbita elevación de las pulsaciones, la adrenalina generada en cantidades industriales y la euforia subyugante posterior al salto, es el conglomerado de sensaciones infalibles que otorgan fuerza para ligar con otro ser lo suficientemente osado y afín para haber compartido la instrucción y el vuelo.


Lugares cotidianos para el flirteo entre semana

Precisamente porque con el carrito en una mano y la lista de la compra en otra no se puede ser detectado como acechador erótico, el supermercado es el escenario más sutil para entablar una conversación intrascendente y dejar fluir el feedback rodeados de berenjenas y tomates, frente a la sección de productos lácteos o eligiendo condimentos para un contundente almuerzo mexicano mientras se elogia la calidad y precio de los productos Hacendado.

Tampoco hay que menospreciar los pasillos de literatura universal de la biblioteca del barrio, la máquina expendedora de bebidas isotónicas en el gimnasio ni, desde luego, los medios de transporte público. Casi nadie puede decir que no se haya enamorado alguna vez en una parada de autobús, aunque únicamente haya durado unos diez minutos o cuatro paradas y media: el "¿Dónde te bajas?" ha desbancado por goleada al rancio "¿Estudias o trabajas?".

La ventaja de las que se pueden denominar "zonas de inmunidad diplomática del romance" es que gozan de total falta de sospecha. El que vaya a comer, bailar, arrojarse desde un avión o comprar tres kilogramos de naranjas, no lleva escrito en la frente sus ganas de irse a dormir acompañado; aparece ante los ojos de la conquista potencial como alguien relajado y natural dispuesto a mejorar el día y no como el ya deleznable homo sapiens demasiado erectus de discoteca.