Iñaki Urdangarín o el caso del balonmanista incapaz de ganarse la vida por su cuenta, como todo hijo de vecino


La noticia saltó al ruedo ibérico el pasado domingo en El Mundo. Una nota a cuatro columnas en la página 20 del diario aseguraba que “La filial de Telefónica en Latinoamérica designará como consejero a Iñaki Urdangarín”. La cosa iba sin firma, curioso, y, más llamativo aún, no mereció los honores de uno de esos demoledores comentarios que Pedrojota suele incluir en la sabrosa página 3 del diario, señal inequívoca de que la Casa Real no andaba lejos de la filtración, cuestión que sin duda agradecerá el amigo Alierta, que se salvó por los pelos de un muy merecido rapapolvo.

Porque, ¿quién es este Urdangarín? ¿qué méritos ha contraído para merecer tal nombramiento? ¿qué sabe de telecomunicaciones? Nada de nada. El chico es simplemente el marido de la Infanta Cristina de Borbón y el yerno de Su Majestad el Rey de España, muy aficionado de suyo a pedir favores a propios y extraños, generalmente a beneficio de propios. Urdangarín es un famoso balonmanista, un atleta de imponente arboladura incapaz, a lo que parece, de ganarse la vida por su cuenta como todo hijo de vecino, por lo que necesita se la resuelva su poderoso suegro llamando a las puertas de Telefónica que, como todo el mundo sabe, sigue siendo una especie de gran Ministerio presto a solventar lo mismo un roto que un descosido, aunque, eso sí, generalmente a favor de los mismos de siempre.

El señor Urdangarín, también conocido como duque de Palma de Mallorca, ya había picoteado en nombre propio en el campo de los negocios, aunque con escasa fortuna. Los nombres de sus empresas –Octagon Esedos e Instituto Nóos- terminaron apareciendo en escándalos de diversa cuantía a cuenta de la dificultad de sus gestores para competir a campo abierto en el mundo del marketing y el patrocinio deportivo. Como la cabra tira al monte, el señor duque tenía querencia a hacer negocios con el sector público, presidentes de Comunidades Autónomas y por ahí, terrenos en los que priman las relaciones y el apellido sobre el talento y la capacidad de trabajo.

De modo que en Palacio llegaron a la conclusión de que había que acabar con ese foco de potencial escándalo, que ya tenemos bastante con Marichalar, y buscar acomodo al atleta en lugar más discreto, discreto y seguro, porque la cuenta de resultados de Telefónica tiene fuelle suficiente para resolver la vida de muchos miles de urdangarines sin pestañear. Claro que 120.000 euros anuales, unos 20 millones de las antiguas pesetas, apenas suponen el aperitivo presupuestario para una casa de tanto vuelo como la de los duques de Palma, de modo que con ese dinero no hacemos nada, Majestad, apenas abrir boca, por lo que será menester llamar a alguna puerta más para redondear el estipendio con cuatro o cinco consejillos adicionales.

Lo de Telefónica y la Casa Real no deja de tener su aquel. Las relaciones entre la operadora y Palacio no pudieron ser más frías en los tiempos de Juan Villalonga, seguramente por influjo directo del propio Aznar, nada proclive a consentir los devaneos dinerarios de la familia Borbón. El caso es que cuando el mallorquín Escarrer se presentó en Gran Vía 28 dispuesto a pasar el cepillo para sufragar el coste del nuevo y fastuoso yate Fortuna, Villalonga lo despachó con buenas palabras pero sin un duro, cosa que sentó fatal a quien ya se imaginan, quien, como es lógico, soltaba por su boca sapos y culebras contra el telefónico. La cosa se arregló en los últimos tiempos de Villalonga, muy necesitado de apoyos, y ha vuelto a la rutina con Alierta. ¡Pasen y vean!

Su decisión de colocar a Iñaki Urdangarín en TISA es sencillamente un escándalo, uno más de los muchos que salpican a la Casa Real española en asuntos de dinero e influencia. Escándalo para Telefónica, cuya imagen de empresa pública se acentúa al ritmo que se difumina su pretendida condición de empresa privada volcada en la defensa de los intereses de sus accionistas. Y escándalo para el propio Monarca, más que nunca obligado en los tiempos que corren a dar ejemplo de recta conducta. Como ya es habitual en estos casos, un espeso manto de silencio escamotea en los medios de comunicación españoles este episodio.